José Parra, un pintor que se desafía asimismo para seguir creando

Movilizarse en silla de ruedas o lograr a veces breves caminatas apoyado en un bastón, no es excusa para que José Parra (a quien amigos y compañeros de infancia apodan Chichí), disminuya su pasión de antaño por la pintura.

Aunque las precariedades económicas de la familia impidieron que pudiera realizar su sueño de estudiar en Bellas Artes, cuando tenía unos trece años de edad, para este reconocido pintor santiaguero nada fue obstáculo que frenara la vocación que más tarde le llevara al desarrollo de su talento artístico.

José Parra cuenta en la actualidad con un catálogo compuesto por más de cinco mil obras y ha participado en 40 exposiciones individuales y colectivas, manteniendo un ritmo “que me hace sentir que apenas comienzo porque tengo en carpeta muchos proyectos interesantes que anhelo poder realizar”.

Sus exposiciones individuales han concitado el interés del público de Santiago de los Caballeros, Santo Domingo y de algunas provincias de la región Norte, la más reciente Espaillat.

“Mi padre era militar, Eligio María Rodríguez, era de Licey donde nace la primera hija, mi hermana Dolores. Vivíamos en Santiago detrás del Estadio Cibao y cuando mataron a Trujillo, mi papá decide que la familia se mude a Tamboril. Yo tenía para entonces siete años y en ese, mi nuevo escenario de vida, me involucré en principio en el ambiente estudiantil”, narra.

Cuenta que, en sus primeros años de niño en Tamboril, además de la escuela, se enroló con sus compañeros y amigos en la práctica de disciplinas como el baloncesto, pin pon, ajedrez, natación, ciclismo, “pero también es donde me inicio en la pintura porque aquí descubro mi verdadera vocación…”.

“Mis compañeritos de aula me decían el pintor porque yo dibujaba las figuras anatómicas, mapas y demás que nos presentaban los profesores, y ayudaba a otros niños que no podían hacerlo. Te puedo decir que esa inclinación temprana que comencé a sentir por la pintura, es en Tamboril donde fluye y comienza a manifestarse de manera práctica”.

Es por eso que, a pesar de no registrarse su nacimiento en el hoy poderoso municipio “Capital Mundial del Cigarro”, afirma con satisfacción que “la experiencia más bonita como niño yo la viví en Tamboril”.

“Como mi papá no pudo costearme los estudios en Bellas Artes, porque solo ganaba 65 pesos para alimentar y vestir a siete muchachos, aprovechaba que mi hermano César, que tenía quince años, hacía un curso de dibujo por correspondencia, y yo realizaba los mismos ejercicios de mi hermano», expone.

Cita que entre los años 76 y 77, cuando vuelve a vivir en Santiago,  tuvo la oportunidad de entrar en contacto y conocer a muchos artistas importantes, entre estos Melanio Guzmán, Rafael Aybar, Bolívar Quiñones y otros, «que yo visitaba y ellos me prestaban libros lo que me permitió ir adentrándome cada vez más en ese apasionante mundo del arte, de la pintura…”.

“Fue una etapa interesante para mí porque, aunque no pude estudiar en Bellas Artes, ni en ninguna academia, me enfoqué de manera autodidactica a estudiar, a conocer a famosos pintores internacionales y nacionales, que me fueron puliendo y contribuyeron a desarrollar a plenitud mi talento”, señala.

Su temática preferida

José Parra narra que se inició con producciones ligadas al costumbrismo, siendo sus primeros trabajos sobre marina, bodegones, viejos, viejas, flores, floreros, burros, marchantas, paisajes…

“Yo tenía para entonces algunos clientes que compraban mis obras y se las llevaban a otros países. Por eso mis pinturas se conocen en varios países del mundo.  La marina es el tema que más me gustaba pintar. Siento que recrea la mente, es una forma de quitarse el stress, de sentirte en paz, pues cuando pone ese lienzo en las paredes, entonces te siente relajado y con una vida de paz…”, afirma.

En busca de una pensión oficial

A sus 68 años de edad y por su situación de salud que le obliga a llevar rigurosos tratamientos médicos, José Parra aspira que el Gobierno del presidente Luís Abinader le conceda una pensión, «porque en verdad la necesito para estar tranquilo y así continuar con mi vida de pintor».

«En una ocasión y con la ayuda de un amigo periodista, le entregué al ministro de Educación Fulcar mi solicitud y me digo que trabajarían en eso. Recuerdo que encomendó a la licenciada Marieta Díaz, la directora regional, para que tramitara todo, pero ahora con el cambio de ministro no sé en que situación esta mi caso», explicó.

Y se puede vivir en este pais de la pintura?

La sonrisa fluye primero que la respuesta. «Bueno, en este país es muy difícil. Los sistemas políticos aquí no se preocupan mucho por la cultura. Falta más empuje, tiene que haber mayor identificación oficial a favor de la cultura, ayudar a los muchachos para que puedan contar con las logísticas  y el apoyo que les permitan adentrase a este mundo y no a otros que están ahí…».

«Por eso mi proyecto. Poder tener, alquilar una casa para convertirla en escuela, en taller, donde los jovencitos puedan aprender a pintar, aprender Balett, cerámica y otras disciplinas que les encarrilen por buen camino, para que los niños no se dejen atrapar por las cosas negativas de la sociedad», confiesa.

Y aquí, en su segundo taller que instalara hace 15 años (el primero tiene cerca de 40 años y aún existe), la vocación de José Parra no solo está atrapada entre cuadros e instrumentos para pintar, sino que se deja sentir por encima de las limitaciones que no alcanzan detener su creación artística.

«Suelo levantarme entre las 4 y 4:30 de la mañana porque es el mejor tiempo para crear. Es un momento fresco, en silencio, no te interrumpe las labores de la casa, el teléfono que suena, el ruido que llega, el movimiento en la cocina, es en definitiva el mejor tiempo para plasmar mis ideas»,  reveló

 

DeAhora

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