EL BULEVAR DE LA VIDA – La aristocracia del barrio nacional



Ellos son los héroes anónimos de la patria, los imprescindibles de Bertolt Brecht que cita el Rodríguez Domínguez en La Habana; “los humildes, los del montón salidos”, que reza el poema “A los héroes sin nombre”, de Federico Bermúdez y Ortega. Tal que pronto tocará el turno a Brugal de creer en su gente, y del BHD-León reconocer a mujeres destacadas de nuestro país, casi siempre anónimas. A estas dos iniciativas, sumémosle una buena parte de las 100 instituciones reconocidas por la familia Corripio en su fiesta centenaria, y entre ellos encontraremos el país que pudimos/ podemos ser.

Entre los galardonados por estas tres instituciones está la verdadera aristocracia del barrio nacional. Y es que los países se construyen, se van modelando en su barro, en sus lodos y en sus esperanzas; se van haciendo peldaño a peldaño, mosaico a mosaico, y lo van haciendo seres tan excepcionales como anónimos, seres como estos, ya digo. “Son la aristocracia del barrio”. Ahora que no basta con tener por encima del ser, porque además hay que aparentar y exhibir; cuando a las redes sociales se sube hasta la foto con la entrega de diez libras de arroz a un pobre, hoy quiere uno reivindicar la grandeza y el patriotismo auténtico de nuestros grandes y anónimos ciudadanos de excepción, héroes del trabajo, la creatividad, y el talento con esfuerzo… y siempre en silencio; sin Instagram ni Facebook, sin una nota de prensa ni un tuit de autopromoción y protagonismo.

Son ellos, los humildes servidores de su patria chica, -que es la mejor forma de servir a la patria grande-, los que felices en la soledad de su corazón inmenso construyen el país que somos. Por eso este cronicanto de amor agradecido a ellos, ay, que solo sirven para servir a los demás porque no conocen otra forma de vivir y mucho menos de ser felices. Entonces, que siga el BHD-León abrazando a las mujeres de excepción y alma grande, y que siga Brugal creyendo en su gente; mientras yo continúo recordando a mi profesor McKinney, el de “su” escuela Máximo Gómez, el padre de todos los muchachos del Instituto del mismo nombre, el de “su” equipo de béisbol banilejo, el de “su” banda de música con su retreta de domingo y su “Yoli” de toda la vida. Era un buen tipo, mi viejo. (Perdón por la nostalgia).

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