EL BULEVAR DE LA VIDA – Libertad con responsabilidad



 Ahora, justo ahora que ob­servamos al Colegio de Pe­riodistas, a la Sociedad Do­minicana de Diarios, a destacados líderes de opi­nión y a renombrados jurisconsultos expo­niendo en artículos, redes sociales y pro­gramas de radio y televisión las falencias y peligros que presenta el proyecto de ley que busca regular el ejercicio del derecho a la intimidad y el honor, por considerar que este podría representar una amenaza pa­ra la libertad de expresión; justo ahora es buen momento para también hablar de la comunicación coprológica, del irresponsa­ble oficio de insultador público, del cobar­de ejercicio de sicario mediático tan aplau­dido y apoyado en estos momentos en los cuales lo que más se valora no es la calidad ni la veracidad de los mensajes /informa­ciones/ contenidos que se emiten en redes o medios tradicionales, sino su virulencia, su saña y malignidad, el nivel de su copro­lógico accionar.

En lo que se discute el proyecto de ma­rras, es bueno anotar que hoy importa más la viralidad (que se haga viral) que la ver­dad. A más grave el insulto, la descalifica­ción y la mentira, mayor será la cantidad de likes y views. En tiempos de posverdad la mentira reina y la verdad siempre pue­de esperar.

Justo ahora, cuando existe una verdade­ra preocupación local y global por las des­información y las campañas de difamación que desde las distintas plataformas digita­les y medios tradicionales se llevan a cabo contra periodistas, comunicadores, líderes de opinión, políticos y ciudadanos de a pie por criticar con argumentos y sin insultos las decisiones de tal o cual partido político entero o segmento de partido, considero que un buen comienzo para frenar o ralen­tizar estas nocivas prácticas sería que, ade­más de preocuparse y hasta realizar activi­dades de altísimo nivel para conceptualizar sobre el problema, los líderes y dueños de partidos políticos se ocuparan de desmon­tar el accionar coprológico de sus equipos de comunicación.

Que los muy señores se ocupen de que sus hordas mediáticas argumenten más e insulten menos; sabido como se sabe, que la única verdadera fortuna de un hombre es su buen nombre. El otro camino sería la barbarie y la sangre, el ojo por ojo y el dien­te por diente que solo sirve para generar ciegos y desdentados.

Estamos a tiempo. La barbarie acecha. Libertad de prensa, de empresa, de opinión y de expresión, no de difamación. Libertad sí, pero con responsabilidad.

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