EMPEZÓ HAINA A MOLER – Ana Francisca, labrando la tierra en plena labor de parto



Eran las 6:00 de la madrugada de un 15 de noviembre de 1948. En plena temporada de lluvias, de mucho trabajo en el conuco de Tábara Abajo, una pareja de campesinos tenía que continuar su labor para mantener a su familia numerosa de 10 embarazos, pero que sólo sobrevivieron seis para ese entonces.

La mujer estaba en sus últimos días de gestación, ambos tenían seguro que ese era su último retoño. La gestante decidió que ya era hora de hacer las cosas diferentes, nadie sabe por qué esa decisión de ir a parir al hospital de la provincia Azua, algo inusual y fuera de lo habitual, ya que las mujeres alumbraban en su casa con una partera; pero ella no creía en maleficios ni se dejaba arrastrar por el qué dirán.

Su esposo, Don Rafael Santa, muy preocupado, le decía: “vieja, para que irte al pueblo si allí esos médicos no te conocen”, pero ella decía:  “no pasa nada viejo, todo saldrá bien”.

Ese día a las 8:00 de la mañana cogió su bulto, su valentía y sin saber cómo llegar al hospital mirando desde la puerta de su hogar, por casualidad pasó una máquina, le saludaron y le preguntaron si necesitaba algo, ella se subió, miró a su familia y dijo: “pórtense bien que vengo ahora”.

A la 1:30 nace Luis Alberto Concepción, mi padre. Ella, mujer inquieta y trabajadora, ya estaba pensando que tenía que irse a su casa a seguir trabajando, pidió el alta voluntaria, cogió la primera guagua que pasaba y por mala suerte no era a su destino, la dejaba muy lejos de su casa. Pidió con conductor que la dejara en la próxima parada, de camino pasó por casa de una comadre que le dijo “duerma aquí que está lloviendo y no puede irse sola caminando tantas horas”, ella con determinación la miró y le dijo: ” no estoy sola”, le enseñó al recién nacido y le dijo: “voy con mi Luisito”.

Se fue caminando, lloviendo con lo más preciado, su hijo en brazos. Llegó tras largas horas a su casa, recién parida, a cocinar, ordenar y a amamantar a su pequeño, y tan entera como siempre era ella.

Hoy, en el día Internacional de la Mujer, quiero rendir homenaje a una de las mujeres de mi vida, de las que me inspiran, a mi querida abuela paterna Doña Ana Francisca Concepción.

Nos enseñó tanto a toda la familia, con su ejemplo, que pasan las generaciones y ella sigue presente, por  su fortaleza, honradez, bondad, solidaridad, de esas mujeres que guardaban un plato de comida por si alguien llegaba, una mujer con una visión muy avanzada para los tiempos que le tocó vivir. Aunque ya no está físicamente, su legado familiar sigue intacto y está muy presente en nuestros corazones.

Por cierto, también al lado de toda mujer debe existir un hombre que sepa entender y apoyarla siempre desde el respeto y la admiración, como pasaba en esa pequeña casa, pero enorme en valores.

Felicidades a todas las mujeres, no perdamos nuestra esencia, porque nos perdemos.

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