Las nuevas dimensiones del periodismo

La literatura me llevó al perio­dismo. La nece­sidad de comu­nicarme logró convencerme. Malo o bueno, solo sé escribir. Siempre he te­nido algo que decir. Primero publicaba lo que me venía en mente. Después, el culto a la palabra pudo más que el en­tusiasmo y, año tras año, me daba cuenta de que nunca al­canzaría un clímax perfecto. No sé cuándo me acerqué a la profesión. De lo que sí me siento orgulloso es de no arre­pentirme de lo escrito. Esas historias impresas reflejan mi sentir, mis etapas superadas y mi sensibilidad no perentoria.

En el largo camino del pe­riodismo, mucha gente me tendió una mano. Pero dos fueron decisivas en mi for­mación profesional. En Cuba, mi maestro fue Joaquín G. San­tana. Él me enseñó a repensar, a reeler, a reescribir, a reeditar, a corregir, a engavetar mis pape­les, a no dejarme seducir. San­tana, de forma paralela a su amplia y vertical carrera perio­dística, publicó muchas nove­las, poemarios y biografías. Una de ellas me la envió desde Cu­ba. En su dedicatoria, me pedía que no dejara de luchar. Que es­taba orgulloso de mí. Su final fue angustioso: un digusto le partió el corazón. Siempre será el ejemplo donde la amistad y el rigor hacían cauce. De él apren­dí a combinar noticias, reporta­jes, artículos, crónicas e histo­rias de ficción.

En Santo Domingo, mi maes­tro es Miguel Franjul. Confió en mi capacidad, en mi manera de integrar la juventud y confiar en ella, en ser honesto, en no volver la vista atrás y no dejarme provo­car en un medio tan complicado como la letra impresa.

Y lo más importante: Franjul es un maestro del periodis­mo del siglo XXI con todas sus implicaciones tecnológicas y mercadotécnicas. No ha sido un jefe de sermones ni un bu­rócrata armador de horarios de entrada y salida al perso­nal a su cargo. De solo mirar al periodista ya sabe en lo que anda, y confía en lo que debía hacer.

Si he sobrevivido veinti­cuatro años a su lado, a pe­sar de mis exabruptos, ha si­do por comprender que el periodismo impreso ya no debe preocuparme tanto.

Con sabiduría y pacien­cia preparó el escenario pa­ra demostar el valor de la unipersonalidad al frente de un suplemento dominicanal on line, en tiempos donde la atracción no solo recae en autores de textos bien escri­tos, sino en el despliegue fo­tográfico unido a un hermo­so diseño.

Pero esta no fue su única lección. Descubrió mi valen­tía para enfrentar lo bueno y lo malo con altura, a no lle­var un velo sobre el rostro. Me permitió buscar buenos cola­boradores, columnistas, es­critores de poemas, relatos, crónicas de cine y noticias de actualidad. He llegado a este presente con dos publicacio­nes a cuesta, gracias a esa ju­ventud que apoyo y me apoya.

El libro

El plato fuerte del suplemento digital “Lecturas de Domingo” son las ‘Reflexiones del Direc­tor`. En cada edición, Franjul se toma la molestia de esbo­zar su experiencia como pro­fesional del periodismo en cincuenta años de ejercicio intelectual. Él no solo se ha adaptado al reto de los cam­bios, sino los conoce y puede explicarlos con lujo de deta­lles. Es el maestro de los que hoy se están formando entre pénsums desactualizados y faltos de una buena literatura comparativa.

Esas ‘Reflexiones del Di­rector’, en su primer tomo, aparecen reunidas en el vo­lumen “Las nuevas dimen­siones del periodismo”, de pocos precedentes en el área del Caribe, por su im­pecable clarividencia y su directriz.

El nuevo periodismo no es solo publicar en la inter­net. Pretende la creación de empresas novedosas que integren redactores, ana­listas, mercadólogos, espe­cialistas en sistemas, pro­gramadores de contenido, supervisores, gestores de venta, publicidad, cobros y otras categorías previstas con anterioridad para me­dios de comunicación sali­dos de la imprenta.

El estudio de esos te­mas, y su importancia, in­tegran el nuevo libro de Franjul, un texto que se­rá temido por los nego­ciantes de la comunica­ción, y aplaudido por los que todavían creemos en los cambios, tanto genera­cionales, como de conoci­mientos e investigaciones.

Como literato y perio­dista nunca he sido un hombre de fortunas. Es cierto que he viajado por el mundo, pero los costos de esos viajes no salieron del bolsillo de poderosos empresarios, sino de los míos propios, de emba­jadores amigos o de fun­daciones. Me he confor­mado con lo que gano y jamás he pedido un au­mento, ni a Santana, ni a Franjul. Ellos conocían mi condición y trataron de ayudarme pero sin to­car mi monedero. Al pri­mero siempre le agra­deceré su lealtad, el no haberme mirado de re­ojo cuando el poder rom­pió mi vida y mi familia. Santana me echó sobre sus hombros y cabalga­mos juntos hasta mi últi­mo día en La Habana. Al segundo le debo el respeto, su puerta siempre abierta, ayudarme a enfrentar mis propios fantasmas, a mirar más allá de la noticia, a mo­verme con sapiencia den­tro de un mundo mezquino. Por eso han sido mis maes­tros. Para ellos, mi home­naje es conservar sus ense­ñanzas, de recordarlos con sus bolígrafos en alto y sus escritos en favor de la pala­bra.

En mi caso, moriré sien­do periodista. No sé si es­to ha valido la pena, pero, si volviera a nacer, no se­ría médico, ni abogado, ni arquitecto, ni ingeniero, ni mercadólogo, ni experto en redes sociales. No sé lo que sería. Tal vez volvería tras las huellas escribanas. Solo tal vez.

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