Cultivo una rosa blanca para el senador Moreno Arias

Por José García.
Frente al tema que hoy ocupa gran parte de la atención pública, en donde un senador dominicano hizo ingentes esfuerzos por obtener la liberación de un amigo o relacionado, quien había sido privado de su libertad por miembros de fuerzas del orden destacados en la provincia de Montecristi, juzgo conveniente apuntalar algunos elementos, que por el fragor de la discusión, parece se escapan del juicio sano y mesurado.
Por un lado, opinadores de los más prestigiosos medios de la comunicación nacional, alaban la gallardía del oficial que apegado al cumplimiento de su deber, se opuso a las pretensiones del senador de la república, y satanizan la actitud del legislador noroestano.
Algunos de los avezados fabricantes de opinión, expresan fervorosamente, y hasta exigen que el senador montecristeño sea amonestado  severamente por el órgano legislativo a que pertenece.
Por otro lado, los más sensatos, sin dejar de censurar la acción del legislador de la república, distinguen el valor de la solidaridad y el profundo compromiso social que éste mostró con un ciudadano que probablemente, le eligió para que le representara.
Es en esta ocasión que cabe recordar la acción que realizó un congresista francés, que con singular arrojo, enfrentó todos los poderes, nacionales e internacionales, en solidaridad con dos de sus compatriotas que estaban  presos en nuestro país, logrando repatriarlos a Francia.
Aquello fue, como debe serlo, una afrenta a nuestra soberanía, pero, ¿acaso fue lo mismo para el pueblo francés?. De ningún modo, para los franceses fue un abnegado acto de solidaridad y alto honor.
Como rezaba aquel brillante comunicador, “En esta mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, todo se debe al color, del cristal con que se mira”.
Si yo fuera un ciudadano perteneciente a la provincia de Montecristi  sin importar mi simpatía política, hoy, más temprano que tarde, me dirigiera a la casa de este legislador, al cual no conozco, y a la vez de expresarle mi admiración por su arrojo y valor, a pesar del escarnio, las desconsideraciones y la ingratitud de quienes sólo recuerdan sus amigos cuando le necesitan, sin pensarlo dos veces, le “ofreciera una rosa blanca, por ser el amigo sincero que da su mano franca”.

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