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Niños sufren crueldad del torrente migratorio

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Son tantos y tan dispersos que es difícil conocer su total. Están en las montañas, las depresiones del bosque, planicies, caminos angostos y carreteras pedregosas.

  •  Contabilizar cuántos son en total resulta una tarea difícil. Niños traídos ilegalmente al país, para ser parte de la aventura de sus padres.

El más triste episodio de sufrimiento y peligro que arrastra el torrente migra­torio ilegal proveniente de Haití cae como roca demo­ledora sobre los niños, las víctimas invisibles de esta desgracia.

Este drama cruel y des­garrador provocado por el trasiego de indocumenta­dos, en una amplia fran­ja del corrido de 381 kiló­metros de la frágil frontera dominico-haitiana, fue pa­tente en un recorrido que arrancó en Pedernales y culmino en el estuario del río Masacre, donde este afluente vierte sus aguas en el vientre de la bahía de Manzanillo.

Estos pequeños son avis­tados en todas partes del la­do dominicano.

Están en las montañas, en las profundidades del bos­que, en las planicies, cami­nos angostos y carreteras.

Sus penurias están a la vista. Los menos tímidos y te­merosos extienden sus manos por un bocado o algunas mo­nedas.

En otros casos, se mueven bajo sol ardiente, hambrien­tos, desnutridos, jadeando co­lina arriba para llegar hasta los predios donde sus padres cortaban el ramaje de árboles para siembra de cultivos.

Sobre ellos se dibuja temor al avistar a un extraño a sus familias. Algunos echan a co­rrer, se esconden, se esfuman entre la boscaje y buscan el la­do de sus padres.

Una parte saltaba cercados o se escabullía entre las alam­bradas de púas que cercan las áreas de cultivos, algunos agarrados del vestido ajado de sus madres, y otros reza­gados, detrás de sus padres andrajosos, siempre “chi­vos”, prevenidos ante gente que se acerca.

Esos son los niños traí­dos aquí para ser parte de la aventura de sus padres hai­tianos, ilegales, a un oscu­ro destino. Puede vérseles apiñados en cualquier lugar de la campiña dominicana, en pequeñas aldeas y case­ríos, pueblos de mayor po­blación, en los barrios, ca­lles, ocupando edificios en construcción y casas desha­bitadas.

Hace mucho miraron hacia este lado y empren­dieron viaje, pero ha sido durante los últimos años, desde que los gobiernos do­minicanos postergaron la frontera, dejando el paso li­bre a la migración ilegal, cuando se ha agravado el problema.

Esos pequeños doblan su condición de víctimas entre las tantas desgracias que pesan sobre ellos: pri­mero de la crueldad de sus padres al exponerlos a es­te peligro, y la complicidad de autoridades dominica­nas que durante décadas han tirado “al fuego” la ley que regula el sistema migra­torio del país.

Abandonaron su país con sus padres, huyendo de los interminables conflictos en Haití y a la pobreza que los oprime, con la esperanza de encontrar una vida mejor y más segura de este lado de la isla.

A su edad, inocentes e in­defensos, han tenido que en­frentar peligros en esa aven­tura de migración ilegal, y ver a veces el arresto y dificulta­des de sus padres.

En algunos asentamientos, muchas niñas se prostituyen hasta por comida, y varones venden drogas o roban en vi­viendas,

Muchos de esos niños mi­grantes se enfrentan a nume­rosas dificultades en el cami­no, y cuando llegan a su lugar de destino tienen que dedi­carse a trabajos duros con sus familias.

En el campo, comprobado por Listín Diario, en algunas partes de la frontera, princi­palmente en espacios agríco­las, los niños son expuestos a la explotación.

Las condiciones de haci­namiento en las que viven muchos de ellos los hace más vulnerables a enferme­dades infecciosas.

Leyes migratorias
Le ley 285 sobre migra­ción ordena y regula los flujos migratorios en el te­rritorio nacional, tanto en la entrada, permanencia y salida.

El artículo 2 establece que la presencia de los extranje­ros aquí se regula “con la fi­nalidad de que todos tengan que estar bajo condición de legalidad, siempre que cali­fiquen para ingresar o per­manecer” aquí.

Para estos, anota, “…la autoridad competente ex­pedirá un documento que le acredite la condición ba­jo una categoría migratoria definida en esta Ley, cuyo porte será obligatorio. Los extranjeros ilegales serán excluidos del territorio na­cional bajo las normativas de esta Ley”.

El artículo 81 dice que to­dos los medios de transpor­te internacional de pasajeros que lleguen al país, o salgan de este, quedarán sometidos a control migratorio, “para revisión de los documentos exigidos por esta ley y su re­glamento a los pasajeros y tri­pulantes que transportan”.

INMIGRACIÓN
La definición

Se considera inmigra­ción irregular , inmigra­ción ilegal, al movi­miento migratorio de personas a través de las fronteras sin atender los requerimientos legales del país de destino y, en ocasiones, también del país de procedencia.

Las personas que se en­cuentran en esta situa­ción es un inmigrante irregular, un inmigran­te ilegal, un inmigrante sin papeles o, simple­mente, un sin papeles, sin documentos, tales como el permiso de re­sidencia o el permiso de trabajo.

Para el inmigrante la opción de abandonar su cultura, familia y país por un futuro in­cierto es decisión psico­lógicamente difícil.

FUENTE Guillermo Pérez

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Son tantos y tan dispersos que es difícil conocer su total. Están en las montañas, las depresiones del bosque, planicies, caminos angostos y carreteras pedregosas.

  •  Contabilizar cuántos son en total resulta una tarea difícil. Niños traídos ilegalmente al país, para ser parte de la aventura de sus padres.

El más triste episodio de sufrimiento y peligro que arrastra el torrente migra­torio ilegal proveniente de Haití cae como roca demo­ledora sobre los niños, las víctimas invisibles de esta desgracia.

Este drama cruel y des­garrador provocado por el trasiego de indocumenta­dos, en una amplia fran­ja del corrido de 381 kiló­metros de la frágil frontera dominico-haitiana, fue pa­tente en un recorrido que arrancó en Pedernales y culmino en el estuario del río Masacre, donde este afluente vierte sus aguas en el vientre de la bahía de Manzanillo.

Estos pequeños son avis­tados en todas partes del la­do dominicano.

Están en las montañas, en las profundidades del bos­que, en las planicies, cami­nos angostos y carreteras.

Sus penurias están a la vista. Los menos tímidos y te­merosos extienden sus manos por un bocado o algunas mo­nedas.

En otros casos, se mueven bajo sol ardiente, hambrien­tos, desnutridos, jadeando co­lina arriba para llegar hasta los predios donde sus padres cortaban el ramaje de árboles para siembra de cultivos.

Sobre ellos se dibuja temor al avistar a un extraño a sus familias. Algunos echan a co­rrer, se esconden, se esfuman entre la boscaje y buscan el la­do de sus padres.

Una parte saltaba cercados o se escabullía entre las alam­bradas de púas que cercan las áreas de cultivos, algunos agarrados del vestido ajado de sus madres, y otros reza­gados, detrás de sus padres andrajosos, siempre “chi­vos”, prevenidos ante gente que se acerca.

Esos son los niños traí­dos aquí para ser parte de la aventura de sus padres hai­tianos, ilegales, a un oscu­ro destino. Puede vérseles apiñados en cualquier lugar de la campiña dominicana, en pequeñas aldeas y case­ríos, pueblos de mayor po­blación, en los barrios, ca­lles, ocupando edificios en construcción y casas desha­bitadas.

Hace mucho miraron hacia este lado y empren­dieron viaje, pero ha sido durante los últimos años, desde que los gobiernos do­minicanos postergaron la frontera, dejando el paso li­bre a la migración ilegal, cuando se ha agravado el problema.

Esos pequeños doblan su condición de víctimas entre las tantas desgracias que pesan sobre ellos: pri­mero de la crueldad de sus padres al exponerlos a es­te peligro, y la complicidad de autoridades dominica­nas que durante décadas han tirado “al fuego” la ley que regula el sistema migra­torio del país.

Abandonaron su país con sus padres, huyendo de los interminables conflictos en Haití y a la pobreza que los oprime, con la esperanza de encontrar una vida mejor y más segura de este lado de la isla.

A su edad, inocentes e in­defensos, han tenido que en­frentar peligros en esa aven­tura de migración ilegal, y ver a veces el arresto y dificulta­des de sus padres.

En algunos asentamientos, muchas niñas se prostituyen hasta por comida, y varones venden drogas o roban en vi­viendas,

Muchos de esos niños mi­grantes se enfrentan a nume­rosas dificultades en el cami­no, y cuando llegan a su lugar de destino tienen que dedi­carse a trabajos duros con sus familias.

En el campo, comprobado por Listín Diario, en algunas partes de la frontera, princi­palmente en espacios agríco­las, los niños son expuestos a la explotación.

Las condiciones de haci­namiento en las que viven muchos de ellos los hace más vulnerables a enferme­dades infecciosas.

Leyes migratorias
Le ley 285 sobre migra­ción ordena y regula los flujos migratorios en el te­rritorio nacional, tanto en la entrada, permanencia y salida.

El artículo 2 establece que la presencia de los extranje­ros aquí se regula “con la fi­nalidad de que todos tengan que estar bajo condición de legalidad, siempre que cali­fiquen para ingresar o per­manecer” aquí.

Para estos, anota, “…la autoridad competente ex­pedirá un documento que le acredite la condición ba­jo una categoría migratoria definida en esta Ley, cuyo porte será obligatorio. Los extranjeros ilegales serán excluidos del territorio na­cional bajo las normativas de esta Ley”.

El artículo 81 dice que to­dos los medios de transpor­te internacional de pasajeros que lleguen al país, o salgan de este, quedarán sometidos a control migratorio, “para revisión de los documentos exigidos por esta ley y su re­glamento a los pasajeros y tri­pulantes que transportan”.

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Para el inmigrante la opción de abandonar su cultura, familia y país por un futuro in­cierto es decisión psico­lógicamente difícil.

FUENTE Guillermo Pérez

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