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Arte y Gente

La Bronca y su marido Ramón

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Marino Vinicio Castillo R.Santo Domingo, RD

Nunca llegué a saber su nombre verdadero; me bastaba saber de La Bronca.

Mercedes, María, Juana o cualquier otro era innecesario para su celebridad popular.

Era La Bronca objeto de afectuoso respeto como lavandera y mujer de imaginación para las mejores ocurrencias; todos la celebrábamos, especialmente cuando contaba las cosas de su amado Ramón, un corpulento trabajador de factoría, quien decía que le resultaban más livianos los sacos de trescientas veinte en la cabeza que los celos de La Bronca.

Una pareja pintoresca era aquella unión atrapada en el cepo del trabajo y la consagración de una humilde y dignísima familia dominicana.

Los abogados de la plaza aguardábamos las audiencias del Juzgado sentados debajo de los nobles robles del parque Duarte; nos entreteníamos al ver pasar y preguntarles a figuras como Casimiro El Loco o La Bronca acerca de cómo iban las cosas. Las respuestas eran divertidas, a veces geniales.

Ya he contado de El Loco, y hoy traigo amarrada al recuerdo a La Bronca. No pasaba ella, sino el cadáver de Ramón, cargado a mano por cuatro guardias. Lo traían desde la fortaleza y servía de siniestro mensaje, según trascendiera la causa por la que cayera en horca aquel hombre sencillo y honrado del pueblo.

Al rato, detrás, La Bronca con un ataque de llanto indescriptible. La habían llamado a buscar a su Ramón ahorcado y le dijeron el motivo: “Se había expresado con insolencia ofensiva contra la figura de la Primera Dama, cuya foto adornaba el seto de una pulpería”, donde ingería sus tragos de sábado antes de llegar al redil de su Bronca.

Estábamos consternados; recibíamos el mensaje de advertencia, que se tornó en algo más grave: La Bronca, no sólo gritaba, sino que maldecía a quienes le mataran su compañero, “y por la porquería que lo habían hecho”.

La Bronca, con lo que decía, quería suicidarse. Un espectáculo imborrable fue ver desde los bancos sencillos de aquel parque, cuando el ataúd primero y luego La Bronca, cual Dolorosa, pasaban por ante el busto del Benefactor en tan extraño cortejo. Era como si se quisiera exhibir la dolorosa lección por el irrespeto.

El busto del Benefactor podía sonreír de satisfacción por esa prueba sanguinaria de la lealtad como celo. Los rumores y comentarios del velorio, en explicable soledad, fueron preocupantes. La próxima víctima sería La Bronca; parecía privada de razón; maldecía con mayor crudeza al poder al que imputaba en desafío, como si le invitara a matarla.

A partir de aquel día, andaba sin juicio pregonando su dolor; los transeúntes espantados tenían la necesidad de oír su desgarradora queja. “Lo mató el gobierno y él era mejor que todos los del gobierno”.

Los abogados en espera del rol de audiencias tuvimos que pasar la prueba de ver pasar y oír a La Bronca en su invencible duelo. Sin comentarios ni bromas, sobrecogidos veíamos el drama; en realidad era de todos, eventualmente.

Ya habíamos sufrido en el año ´46 la pena enorme de ver a una dama, que fuera centro de una valiosa familia del pueblo, Doña Prieta, deambular descalza, enloquecida, por los pueblos de la República; la saña criminal del régimen se complacía en decirle dónde estaba preso su hijo Narciso, que ella no creyó muerto jamás, y ya había sido ejecutado junto a valerosos miembros del flamante cuerpo de artillería bajo mando del legendario Capitán Marchena.

Esas dos mujeres en tiempos diferentes, de extracciones tan distintas, fueron ejemplo del valor de la mujer dominicana; tan altos sus gestos de dolor que la omnipotencia del gobierno no se atrevió a malograrlas. Algunos advertimos que lo hacía como trágicas advertencias.

Un abogado, hijo de mi tía Rosa, de enorme capacidad y serenidad, miembro de nuestra oficina, me dijo de La Bronca, cuando todos entendíamos cercana su muerte: “No le pasará nada; no te lleves de emociones ni apariencias.

Le tienen miedo a sus maldiciones; son muy supersticiosos, medio brujos los verdugos materiales y, más aún, sus cumbres, a quienes deben obediencia, comenzando por su Benefactor. Es más, te cuento esto: ¿Tú recuerdas al Mono, un ladrón empedernido, de familia brillante? Se lo llevó el Catarey para el campo de concentración de Madre Vieja y un Sargento muy cruel fue encargado de ahorcarle. ¿Sabes qué ocurrió? La soga, pese a ser nueva, se rompió tres veces. El sargento era de la frontera y fue y le dijo al coronel: “Búsquese otro para el servicio. Ese hombre está protegido por el diablo”.

El coronel lo creía más que el sargento y desistió del empeño. Desde luego, el cleptómano no volvió a robar más. Con la gracia de mi primo Efraín Rosario Castillo, el relato era fascinante.

Pasó el tiempo y ocurrieron cosas en la familia, que fuera la expresión más poderosa de la opresión, que uno no deja de pensar si tragedias como las de doña Prieta y de La Bronca, que fueron miles, acumularon tantas maldiciones que otra no podía ser la suerte de los hijos, y de la propia esposa, de quien fuera el depositario más absoluto de la fuerza.

En algunos, esas son suposiciones; en otros muchos, son convicciones.

Hay que cuidarse de creer que Dios no sabe de enojos, ni se exaspera por la maldad de los hombres.

La pandemia da regazo a todas las posibilidades. Por eso estoy temiendo tanto de nuestra suerte. La Bronca murió en paz. Amén.

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Marino Vinicio Castillo R.Santo Domingo, RD

Nunca llegué a saber su nombre verdadero; me bastaba saber de La Bronca.

Mercedes, María, Juana o cualquier otro era innecesario para su celebridad popular.

Era La Bronca objeto de afectuoso respeto como lavandera y mujer de imaginación para las mejores ocurrencias; todos la celebrábamos, especialmente cuando contaba las cosas de su amado Ramón, un corpulento trabajador de factoría, quien decía que le resultaban más livianos los sacos de trescientas veinte en la cabeza que los celos de La Bronca.

Una pareja pintoresca era aquella unión atrapada en el cepo del trabajo y la consagración de una humilde y dignísima familia dominicana.

Los abogados de la plaza aguardábamos las audiencias del Juzgado sentados debajo de los nobles robles del parque Duarte; nos entreteníamos al ver pasar y preguntarles a figuras como Casimiro El Loco o La Bronca acerca de cómo iban las cosas. Las respuestas eran divertidas, a veces geniales.

Ya he contado de El Loco, y hoy traigo amarrada al recuerdo a La Bronca. No pasaba ella, sino el cadáver de Ramón, cargado a mano por cuatro guardias. Lo traían desde la fortaleza y servía de siniestro mensaje, según trascendiera la causa por la que cayera en horca aquel hombre sencillo y honrado del pueblo.

Al rato, detrás, La Bronca con un ataque de llanto indescriptible. La habían llamado a buscar a su Ramón ahorcado y le dijeron el motivo: “Se había expresado con insolencia ofensiva contra la figura de la Primera Dama, cuya foto adornaba el seto de una pulpería”, donde ingería sus tragos de sábado antes de llegar al redil de su Bronca.

Estábamos consternados; recibíamos el mensaje de advertencia, que se tornó en algo más grave: La Bronca, no sólo gritaba, sino que maldecía a quienes le mataran su compañero, “y por la porquería que lo habían hecho”.

La Bronca, con lo que decía, quería suicidarse. Un espectáculo imborrable fue ver desde los bancos sencillos de aquel parque, cuando el ataúd primero y luego La Bronca, cual Dolorosa, pasaban por ante el busto del Benefactor en tan extraño cortejo. Era como si se quisiera exhibir la dolorosa lección por el irrespeto.

El busto del Benefactor podía sonreír de satisfacción por esa prueba sanguinaria de la lealtad como celo. Los rumores y comentarios del velorio, en explicable soledad, fueron preocupantes. La próxima víctima sería La Bronca; parecía privada de razón; maldecía con mayor crudeza al poder al que imputaba en desafío, como si le invitara a matarla.

A partir de aquel día, andaba sin juicio pregonando su dolor; los transeúntes espantados tenían la necesidad de oír su desgarradora queja. “Lo mató el gobierno y él era mejor que todos los del gobierno”.

Los abogados en espera del rol de audiencias tuvimos que pasar la prueba de ver pasar y oír a La Bronca en su invencible duelo. Sin comentarios ni bromas, sobrecogidos veíamos el drama; en realidad era de todos, eventualmente.

Ya habíamos sufrido en el año ´46 la pena enorme de ver a una dama, que fuera centro de una valiosa familia del pueblo, Doña Prieta, deambular descalza, enloquecida, por los pueblos de la República; la saña criminal del régimen se complacía en decirle dónde estaba preso su hijo Narciso, que ella no creyó muerto jamás, y ya había sido ejecutado junto a valerosos miembros del flamante cuerpo de artillería bajo mando del legendario Capitán Marchena.

Esas dos mujeres en tiempos diferentes, de extracciones tan distintas, fueron ejemplo del valor de la mujer dominicana; tan altos sus gestos de dolor que la omnipotencia del gobierno no se atrevió a malograrlas. Algunos advertimos que lo hacía como trágicas advertencias.

Un abogado, hijo de mi tía Rosa, de enorme capacidad y serenidad, miembro de nuestra oficina, me dijo de La Bronca, cuando todos entendíamos cercana su muerte: “No le pasará nada; no te lleves de emociones ni apariencias.

Le tienen miedo a sus maldiciones; son muy supersticiosos, medio brujos los verdugos materiales y, más aún, sus cumbres, a quienes deben obediencia, comenzando por su Benefactor. Es más, te cuento esto: ¿Tú recuerdas al Mono, un ladrón empedernido, de familia brillante? Se lo llevó el Catarey para el campo de concentración de Madre Vieja y un Sargento muy cruel fue encargado de ahorcarle. ¿Sabes qué ocurrió? La soga, pese a ser nueva, se rompió tres veces. El sargento era de la frontera y fue y le dijo al coronel: “Búsquese otro para el servicio. Ese hombre está protegido por el diablo”.

El coronel lo creía más que el sargento y desistió del empeño. Desde luego, el cleptómano no volvió a robar más. Con la gracia de mi primo Efraín Rosario Castillo, el relato era fascinante.

Pasó el tiempo y ocurrieron cosas en la familia, que fuera la expresión más poderosa de la opresión, que uno no deja de pensar si tragedias como las de doña Prieta y de La Bronca, que fueron miles, acumularon tantas maldiciones que otra no podía ser la suerte de los hijos, y de la propia esposa, de quien fuera el depositario más absoluto de la fuerza.

En algunos, esas son suposiciones; en otros muchos, son convicciones.

Hay que cuidarse de creer que Dios no sabe de enojos, ni se exaspera por la maldad de los hombres.

La pandemia da regazo a todas las posibilidades. Por eso estoy temiendo tanto de nuestra suerte. La Bronca murió en paz. Amén.

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