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Trujillo ordenó asesinar a todos los participantes en primer asalto bancario

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A 63 años del asalto de la sucursal del Royal Bank of Canada, de Santiago, la generalidad de la gente se mantiene absorta sobre la osadía de los autores del vandálico hecho, particularmente de su actor principal, Eudes Bruno Maldonado Díaz, quien hacía galas de poseer supuestos dones otorgados de un ser llamado “Príncipe Carmelo”. Era un ferviente creyente de los actos de brujería. A las 9:05 de la mañana del sábado 6 de noviembre de 1954 , Maldonado Díaz, llamado también “El Brujo” tocó las puertas de la sucursal bancaria, ubicada en el No.76 de la calle Presidente Trujillo, hoy El Sol, y preguntó por el gerente Luis Rodríguez Sánchez, a quien dijo que cumplía mandato de autoridades superiores para realizar una investigación.

El grupo lo completaban Evaristo Benzán, Cristóbal Martínez Otero, Luis Emilio Sosa, Vinicio y Manuel Maldonado Díaz, hermanos de Eudes, José Ulises Almonte y Bienvenido Pichardo Saleme (Chino). Como Eudes vestía ropa militar y se identificó como miembro del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), el gerente no puso resistencia en ofrecer todas las facilidades requeridas. Cuando Vinicio llegó a la puerta principal del banco El Brujo lo hizo pasar y le dijo: “Entre sargento”, y éste respondió de esta manera: “gracias teniente”. De manera insistente mencionaban a “el coronel”, sin revelar a quién se referían.  El comandante de la plaza era el coronel Ludovino Fernández, del Ejército Nacional.

Eudes comenzó a revisar escritorios, a leer papeles hasta que preguntó por la combinación de la bóveda. Ignoraba que la clave la poseían tres empleados diferentes: el gerente, el subgerente- contador Julio Zeller Cocco y el encargado de cuentas corrientes, Gregorio Beltrán, que por azar de la vida no estaba entre los presentes porque salió a desayunar a su casa, en la calle Colón, a poca distancia de la sucursal. Beltrán se presentó al lugar de los hechos, luego de ser requerido por el gerente a través de una nota que envió con la mensajera Mercedes Lantigua.

Ya abierta la bóveda por el encargado de cuentas, los atracadores encerraron al personal, tras matar al cobrador Francisco Persia Rodríguez y al otro mensajero Manuel Fernández Núñez. Al subgerente lo golpearon salvajemente y lo abandonaron en el patio.  Consumó el asalto con dos personas asesinadas, un herido y siete empleados encerrados en la bóveda, Eudes escribió una nota que dejó en uno de los escritorios: “coronel, misión cumplida!”.

Con Almonte al volante, que era un experimentado mecánico, Maldonado Díaz, Ramón Emilio, Martínez Otero y Vinicio el grupo abordó el carro Ford que les había prestado el nombrado Luis Torres y se dirigieron a Ciudad Trujillo, con el botín de RD$149,268.00 Sosa, Pichardo Saleme y Benzán regresaron en carro público y López en un autobús.

Los periódicos de la época, especialmente el diario La Nación, consignan que en el trayecto surgieron discrepancias entre los sicarios y que Vinicio, hermano de Eudes, advirtió que si caía implicaría a toda la familia Maldonado en el asalto al banco.  Afirma que el traslado a la capital se hizo en hora y media, considerado tiempo récord debido a la precariedad de la carretera. El propio dueño del vehículo aseguró que el carro no tenía capacidad para recorrer 90 kilómetros por hora y que los neumáticos estaban lisos.

La primera pista sobre la llegada del grupo a la capital la sirvió el entonces raso de la Policía de tránsito Tadeo Guerrero González, un militar de mano dura que alcanzó el grado de general de brigada y mantuvo principalía en los gobiernos que encabezo el doctor Joaquín Balaguer. De mesero de Trujillo en la hacienda Fundación, Tadeo había sido ascendido a policía de carretera.  Como no había una programación después del asalto, los sicarios repartieron el dinero entre la casa de Almonte, en la calle José Martí 271 y la de Eudes, en la Francisco Henríquez y Carvajal, en el sector Villa Francisca.

De ahí los acontecimientos tomaron nuevo giro y la incertidumbre se apodero de los convictos. Horas después de la comisión del robo, José Ulises Almonte fue apresado en su residencia, y al día siguiente fueron detenidos Vinicio Maldonado y la esposa de Almonte.  Vinicio, haciendo realidad la amenaza que había proferido en el trayecto hacia Ciudad Trujillo, condujo a los militares a los lugares donde se encontraba el dinero y a la casa de Martínez Otero, en la calle María Montez.

El domingo siguiente, dos días después del hecho, fueron detenidos Eudes y Ramón Emilio Maldonado Díaz, Benzán, José López y Martínez Otero.
Del grupo sólo faltaba el Chino Saleme Pichardo, que en la tarde fue entregado a la Policía de San Pedro de Macorís por un chofer, miembro de los servicios de inteligencia que lo había ubicado en la víspera. El grupo fue enviado a Santiago y la sentencia condenatoria fue dictada el martes 14 de diciembre, por el juez Nicómedes de León y a petición del fiscal, Héctor Pérez Reyes, fueron condenados, los principales autores a 30 años de trabajo público y los otros a 20.

Quique Pichardo, propietario de la gasolinera donde se abasteció el vehículo y el dueño del carro, fueron descargados.  El primero cumplió la promesa de ir de rodillas desde el palacio de Justicia hasta la Iglesia La Altagracia, en agradeciendo a Dios. Aunque supuestamente Trujillo había conmutado la pena a los acusados, dos días después del fallo, 14 hombres condenados fueron llevados al sector denominado Los Platanitos o ensanche San Rafael, donde está el Estadio Cibao, y allí se les aplicó la ley de fuga, pues fueron fusilados.  De inmediato el jefe de la plaza militar, coronel Ludovino Fernández, fue requerido a Santo Domingo y en horas de la tarde fue enviado bajo arresto y degradado a Santiago, para ser juzgado por el crimen cometido.

El jefe del Ejército, mayor general Virgilio García Trujillo, fue degradado a general de brigada “porque en su calidad de Jefe de Estado Mayor del Ejército no tomó “medidas adecuadas de previsión”, dirigidas a evitar el fusilamiento de los presos. Trujillo, ordenó la entrega de un cheque de mil pesos a Giselda y a Romualda Maldonado Díaz, hermanas de Eudes, quienes supuestamente le habrían escrito una carta manifestándole su conformidad con la decisión del tribunal que condeno a sus hermanos


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El grupo lo completaban Evaristo Benzán, Cristóbal Martínez Otero, Luis Emilio Sosa, Vinicio y Manuel Maldonado Díaz, hermanos de Eudes, José Ulises Almonte y Bienvenido Pichardo Saleme (Chino). Como Eudes vestía ropa militar y se identificó como miembro del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), el gerente no puso resistencia en ofrecer todas las facilidades requeridas. Cuando Vinicio llegó a la puerta principal del banco El Brujo lo hizo pasar y le dijo: “Entre sargento”, y éste respondió de esta manera: “gracias teniente”. De manera insistente mencionaban a “el coronel”, sin revelar a quién se referían.  El comandante de la plaza era el coronel Ludovino Fernández, del Ejército Nacional.

Eudes comenzó a revisar escritorios, a leer papeles hasta que preguntó por la combinación de la bóveda. Ignoraba que la clave la poseían tres empleados diferentes: el gerente, el subgerente- contador Julio Zeller Cocco y el encargado de cuentas corrientes, Gregorio Beltrán, que por azar de la vida no estaba entre los presentes porque salió a desayunar a su casa, en la calle Colón, a poca distancia de la sucursal. Beltrán se presentó al lugar de los hechos, luego de ser requerido por el gerente a través de una nota que envió con la mensajera Mercedes Lantigua.

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Los periódicos de la época, especialmente el diario La Nación, consignan que en el trayecto surgieron discrepancias entre los sicarios y que Vinicio, hermano de Eudes, advirtió que si caía implicaría a toda la familia Maldonado en el asalto al banco.  Afirma que el traslado a la capital se hizo en hora y media, considerado tiempo récord debido a la precariedad de la carretera. El propio dueño del vehículo aseguró que el carro no tenía capacidad para recorrer 90 kilómetros por hora y que los neumáticos estaban lisos.

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