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EL MUNDO

En Cuba, los clubes de salsa son refugios en los que uno puede olvidarse de los problemas del país

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Fue como volver a respirar. Era finales del 2021,en El Cimarrón, un espacio pequeño del Vedado habanero. La vida nocturna de la ciudad comenzaba a prender tímidas luces.

Había pasado innumerables noches de la pandemia echando pasillos mientras cocinaba, cantando y sacudiendo los hombros, marcando el consabido un-dos-tres de la salsa, o casino, como también se le llama en Cuba.

Volví a bailar después de casi dos años, y podía sentir las hormonas del placer haciendo su propia fiesta.

Por alguna extraña sinestesia, con el nasobuco no podía escuchar la música, así que equivocaba el paso, me perdía. Sólo cuando me lo quitaba, entonces sí.

Antes íbamos a la peña de salsa de la Unión Árabe. Saber que estaría ahí todos los viernes, desde las seis de la tarde hasta rayando las once, es el tipo de estabilidad que uno necesita. En febrero de 2022, regresé a ese lugar donde había sido feliz.

Semana tras semana, bailar se convirtió en un refugio mientras todo alrededor se caía a pedazos. Podría explayarme hablando sobre la inflación, pero sólo digo que el “caramelo de a peso” ahora cuesta 30; y la pensión de mi abuela alcanza justo para un kilo de leche en polvo en el mercado negro —si hay suerte y aparece. Mejor ni hablo del internet tortuga, la escasez generalizada, los apagones, las paradas de bus donde lo único que pasa es el tiempo.

Bailar es también una forma de vengarnos por tanto agobio. Cuando descanso entre una canción y otra, me gusta mirar a los demás moverse. Tienen esa expresión radiante, como si estuvieran encendidos por dentro. (Me ha sucedido que empiezan a dolerme los cachetes después de un rato con la “cara de cumpleaños”). “Vengo porque necesito ver personas sonriendo”, me confesó Mary una tarde.

El ambiente se carga pues de esa energía, confeti invisible. Observo a la gente contonearse y recuerdo aquella canción de Chico Buarque:

Es dura piedra de llevar la situación. Que todos van llevando con tesón porfiadamente. Que todos van bebiendo pues también sin aguardiente. No hay quien aguante la cuestión.

Sin esta vacuna de alegría tampoco hay quien aguante. Por eso yo bailo; para olvidar. Olvidar lo que la crisis nacional le ha hecho a mi mente, que no para de pensar en comida y en conseguir dinero; olvidar los subsuelos emocionales donde caigo a veces; olvidar que cada día se vuelve una batalla, la batalla de la mera existencia.

Entonces voy de nuevo, porque ahí, bailando, está el punto ciego de la pena —como dice Jorge Drexler: un lugar, o un momento, donde lo triste no puede encontrarme.

Creo que bailando casino se expresa parte de uno mismo. A mí, por ejemplo, a cada rato me reclaman que voy muy rápido. Ya me acostumbré a los “niña, ¿!tú estás apura’!? ”, o “¡muchacha, pero no corras!”.

No recuerdo cuándo perdí la vergüenza de bailar en la pista medio vacía. Me costó aprender a soltar los brazos para que las vueltas no se trabaran. Aunque se me olvida en ocasiones, como cuando un muchacho me dijo que yo era recia, “antirrobos”, y tuvimos que parar de la risa.

Tampoco resulta fácil interpretar el lenguaje de los pasos y figuras. A veces una mano en el aire significa que la tuya debe acudir. Un leve apretón o el torcido de la muñeca anuncian el giro acto seguido. Me encanta “pasear”, o sea, desplazarse por el ruedo sin dejar de marcar, y sobre todo cuando la música “rompe”, y cada cual improvisa y se menea a la manera de la rumba.

Por otro lado, están quienes, al menor desliz, te tararean el un-dos-tres, y repiten, condescendientes, que siempre se empieza con el pie derecho hacia atrás. Detesto eso. Para mí el que mejor baila es el que se acopla y disfruta, más allá de cuán hábil sea la otra persona.

A diferencia de la salsa en línea —variante boricua—, en la salsa cubana los bailadores van describiendo círculos. La distinguen además la rueda de casino, donde se unen tantas parejas como permita el espacio; y la timba, una versión hardcore, más vehemente. Dado que constituye una danza de salón, mantiene ese aire de presumida elegancia.

Y, sin embargo, mientras el ritmo arde contagioso, las letras se revuelcan en sentimentalismo. El periodista venezolano César Miguel Rondón, autor de El libro de la salsa, resume: “Algunas músicas nuestras lloran al cantar las dificultades de la vida, la cotidianidad y el amor. La salsa, aun llorándolas, prefiere bailarlas y hasta reírse de ellas, es su privilegio feliz”.

En junio de 2022 la peña cambió de sede. (No hay nada constante en esta isla, salvo la incertidumbre). El sitio nuevo tiene más luces y aires acondicionados, aunque la pista queda estrecha, y el piso no se entiende bien con los zapatos. Ya no es el mismo lugar ni la misma gente.

De todas formas, seguí yendo, incluso sin muchas ganas, porque sabía que en un par de horas me lo iba a agradecer; porque sé que la química del cuerpo funciona a pesar de uno.

Un viernes de verano no pudieron abrir, a falta del suministro de ron y cerveza. Pocas cosas se salvan de este drama país. Eso tiene la decadencia: es torpe; todo lo rompe.

No entiendo por qué le perdonamos al DJ que ponga casi la misma música una noche sí y otra también. Y a la vez, disfruto cuando ando por la calle y, desde la reproductora de un taxi o las bocinas en un balcón, alguna de esas canciones me transporta a la peña.

Otros temas me llevan incluso más atrás, hasta la secundaria, donde chiquillos de 13 ó 14 años hacían alardes de destreza en las fiestas escolares; o hasta el preuniversitario, cuando aún me cohibía bailando en pareja, pero podía defenderme en grupo. Atesoro la imagen de una de mis amigas guiando la rueda más grande en que me he metido.

Pero, en el presente, por más que me negara a escucharla, la sensación de que no era lo mismo se volvió ineludible. Todo había ido mutando, y la peña que conocimos ya no existe.

Así que encontré otro sitio, nuevo para mí, familiar para los asiduos que también emigraron en busca de una pista mejor. Renové votos con la salsa, y obedecí el impulso primario de perseguir lo que me da vida.

Cuando era niña, en las clases de flamenco había una lección primordial: el día del espectáculo, sin importar lo que pase, sigue bailando. Si se parte un tacón, si el vestido se descose, si se suelta el peinado… no hagas caso; tú sigue bailando.

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Fue como volver a respirar. Era finales del 2021,en El Cimarrón, un espacio pequeño del Vedado habanero. La vida nocturna de la ciudad comenzaba a prender tímidas luces.

Había pasado innumerables noches de la pandemia echando pasillos mientras cocinaba, cantando y sacudiendo los hombros, marcando el consabido un-dos-tres de la salsa, o casino, como también se le llama en Cuba.

Volví a bailar después de casi dos años, y podía sentir las hormonas del placer haciendo su propia fiesta.

Por alguna extraña sinestesia, con el nasobuco no podía escuchar la música, así que equivocaba el paso, me perdía. Sólo cuando me lo quitaba, entonces sí.

Antes íbamos a la peña de salsa de la Unión Árabe. Saber que estaría ahí todos los viernes, desde las seis de la tarde hasta rayando las once, es el tipo de estabilidad que uno necesita. En febrero de 2022, regresé a ese lugar donde había sido feliz.

Semana tras semana, bailar se convirtió en un refugio mientras todo alrededor se caía a pedazos. Podría explayarme hablando sobre la inflación, pero sólo digo que el “caramelo de a peso” ahora cuesta 30; y la pensión de mi abuela alcanza justo para un kilo de leche en polvo en el mercado negro —si hay suerte y aparece. Mejor ni hablo del internet tortuga, la escasez generalizada, los apagones, las paradas de bus donde lo único que pasa es el tiempo.

Bailar es también una forma de vengarnos por tanto agobio. Cuando descanso entre una canción y otra, me gusta mirar a los demás moverse. Tienen esa expresión radiante, como si estuvieran encendidos por dentro. (Me ha sucedido que empiezan a dolerme los cachetes después de un rato con la “cara de cumpleaños”). “Vengo porque necesito ver personas sonriendo”, me confesó Mary una tarde.

El ambiente se carga pues de esa energía, confeti invisible. Observo a la gente contonearse y recuerdo aquella canción de Chico Buarque:

Es dura piedra de llevar la situación. Que todos van llevando con tesón porfiadamente. Que todos van bebiendo pues también sin aguardiente. No hay quien aguante la cuestión.

Sin esta vacuna de alegría tampoco hay quien aguante. Por eso yo bailo; para olvidar. Olvidar lo que la crisis nacional le ha hecho a mi mente, que no para de pensar en comida y en conseguir dinero; olvidar los subsuelos emocionales donde caigo a veces; olvidar que cada día se vuelve una batalla, la batalla de la mera existencia.

Entonces voy de nuevo, porque ahí, bailando, está el punto ciego de la pena —como dice Jorge Drexler: un lugar, o un momento, donde lo triste no puede encontrarme.

Creo que bailando casino se expresa parte de uno mismo. A mí, por ejemplo, a cada rato me reclaman que voy muy rápido. Ya me acostumbré a los “niña, ¿!tú estás apura’!? ”, o “¡muchacha, pero no corras!”.

No recuerdo cuándo perdí la vergüenza de bailar en la pista medio vacía. Me costó aprender a soltar los brazos para que las vueltas no se trabaran. Aunque se me olvida en ocasiones, como cuando un muchacho me dijo que yo era recia, “antirrobos”, y tuvimos que parar de la risa.

Tampoco resulta fácil interpretar el lenguaje de los pasos y figuras. A veces una mano en el aire significa que la tuya debe acudir. Un leve apretón o el torcido de la muñeca anuncian el giro acto seguido. Me encanta “pasear”, o sea, desplazarse por el ruedo sin dejar de marcar, y sobre todo cuando la música “rompe”, y cada cual improvisa y se menea a la manera de la rumba.

Por otro lado, están quienes, al menor desliz, te tararean el un-dos-tres, y repiten, condescendientes, que siempre se empieza con el pie derecho hacia atrás. Detesto eso. Para mí el que mejor baila es el que se acopla y disfruta, más allá de cuán hábil sea la otra persona.

A diferencia de la salsa en línea —variante boricua—, en la salsa cubana los bailadores van describiendo círculos. La distinguen además la rueda de casino, donde se unen tantas parejas como permita el espacio; y la timba, una versión hardcore, más vehemente. Dado que constituye una danza de salón, mantiene ese aire de presumida elegancia.

Y, sin embargo, mientras el ritmo arde contagioso, las letras se revuelcan en sentimentalismo. El periodista venezolano César Miguel Rondón, autor de El libro de la salsa, resume: “Algunas músicas nuestras lloran al cantar las dificultades de la vida, la cotidianidad y el amor. La salsa, aun llorándolas, prefiere bailarlas y hasta reírse de ellas, es su privilegio feliz”.

En junio de 2022 la peña cambió de sede. (No hay nada constante en esta isla, salvo la incertidumbre). El sitio nuevo tiene más luces y aires acondicionados, aunque la pista queda estrecha, y el piso no se entiende bien con los zapatos. Ya no es el mismo lugar ni la misma gente.

De todas formas, seguí yendo, incluso sin muchas ganas, porque sabía que en un par de horas me lo iba a agradecer; porque sé que la química del cuerpo funciona a pesar de uno.

Un viernes de verano no pudieron abrir, a falta del suministro de ron y cerveza. Pocas cosas se salvan de este drama país. Eso tiene la decadencia: es torpe; todo lo rompe.

No entiendo por qué le perdonamos al DJ que ponga casi la misma música una noche sí y otra también. Y a la vez, disfruto cuando ando por la calle y, desde la reproductora de un taxi o las bocinas en un balcón, alguna de esas canciones me transporta a la peña.

Otros temas me llevan incluso más atrás, hasta la secundaria, donde chiquillos de 13 ó 14 años hacían alardes de destreza en las fiestas escolares; o hasta el preuniversitario, cuando aún me cohibía bailando en pareja, pero podía defenderme en grupo. Atesoro la imagen de una de mis amigas guiando la rueda más grande en que me he metido.

Pero, en el presente, por más que me negara a escucharla, la sensación de que no era lo mismo se volvió ineludible. Todo había ido mutando, y la peña que conocimos ya no existe.

Así que encontré otro sitio, nuevo para mí, familiar para los asiduos que también emigraron en busca de una pista mejor. Renové votos con la salsa, y obedecí el impulso primario de perseguir lo que me da vida.

Cuando era niña, en las clases de flamenco había una lección primordial: el día del espectáculo, sin importar lo que pase, sigue bailando. Si se parte un tacón, si el vestido se descose, si se suelta el peinado… no hagas caso; tú sigue bailando.

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