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El dame lo mío evoluciona

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En los tiempos en que los perros se amarraban con longaniza nadie osaba pedir lo suyo a cambio de un favor a un allegado. El embutido encareció, pero sólo el precio varió. Por el contrario, hasta picar un ojo hoy tiene precio.

La gente se acostumbró a pedir. A vivir arrodillado. Por eso crecen como la hierba mala los que viven buscando funditas, de ahí treparon al dame lo mío. Lo que indica que, el dame lo mío adquiere otro nivel. Un nivel evolucionado de la práctica de mendigar.

Hace cerca de 18 años un general del ejército, reunido con el procurador general le confesó:

— Magistrado, yo no sé por qué los militares se corrompen porque la comisión legal del 10% es suficiente para uno hacerse millonario sin robar.

¿Cuáles factores desencadenan esta evolución? Aída Díaz, arquitecta, ilustradora, poeta y narradora dice que, el elemento principal podría ser, quizás, el cobro de las comisiones. Los jóvenes o adolescentes de ayer, los que hace años dijeron adiós al medio siglo, sentían orgullo al servir favores a los demás.

O sea, ayudar a un compañero era una oportunidad para demostrar la voluntad de servicio hacia los demás. Servir a una persona o un grupo de allegados: en el club, la asociación, la junta de vecinos, etc. Darles una mano a personas que bien podían ser familiares, amigos o simplemente conocidos era una acción honorable. Te hacía una persona útil.

Hoy los jóvenes actúan al revés, servir gratis es sinónimo de pendejo. Cada favor es una oportunidad para hacer negocio con perspectiva de rentabilidad.

Porque el dominicano —sugiere Aída— aprendió a distinguir su función en un intercambio, negociación o puesto donde se realizan tareas que contemplan el pago de honorarios. Por ejemplo, servir de testigo en la firma de un contrato de venta, ¿cuánto vale tu firma? Depende del monto total del contrato.

Establece lo anterior que, esa firma amerita una compensación. Por tanto, en cuanto se hace la propuesta viene de inmediato la pregunta, ¿cuánto es lo mío? Porque esa tarea no forma parte de mis funciones contractuales.

Es probable que, la recepción de funditas, cajas, muñecas, tarjetas o bonos… cambió de tono al dame lo mío con las comisiones por favores. Ya nadie necesita que le den una fundita, sino que le paguen una comisión, la que se ganó —según él— al prestar un servicio.

Por tanto, participar en caravanas, reuniones, vocinglerías a favor de… no hay tutía, a usted le toca lo suyo.

La corrupción en sentido general se basa en esa práctica en apariencia inofensiva. Práctica que muestra —al decir de sus usuarios— la habilidad para buscarse lo suyo.

Ejemplo: llegas tarde a la barbería, dos esperan su turno, pero quieres el primer puesto, entonces, pague por ello.

Pagar por el primer puesto no es comprar. ¿Qué hizo entonces? Él sobornó a los que estaban primero.

El soborno resuelve

Cuenta un abogado santiaguero que, viajó cinco veces a Montecristi para resolver un caso en el tribunal de tierras. Cansado de viajar sin ver solución envió a Fernando Martínez, mensajero, para tantear en qué situación estaba el caso.

El abogado le entregó mil pesos —cuando los cuartos valían— para que resolviera. El mensajero llegó a la oficina del tribunal, preguntó por el caso, la secretaria buscó en un montón de folder apilado a un lado del escritorio. Pero no encontró nada.

Martínez cogió la seña, pidió permiso y salió un momento, se fue a una cafetería, ahí compró dos sándwiches y dos batidos, también pidió algo para él desayunar. Luego se dirigió de nuevo a la oficina, al llegar entregó a la secretaria los alimentos.

Le dijo: —mire señorita, eso es para que desayune y este para que le brinde a su compañera.

Antes, debajo de la servilleta, Fernando le puso tres papeletas de cien pesos y una de cincuenta. Superior al sueldo de un mes.

La secretaria tomó el dinero con discreción, sonriente preguntó a Martínez —cuál me dijo que era su caso— Fernando le aclaró con precisión. Ella volvió a los papeles apilados, revisó y abajo, en el último lugar estaba el expediente deseado.

Entonces se volvió y le dijo —señor Fernando, si usted quiere dese una vuelta por ahí y regrese dentro de media hora.

Al cabo de unas horas el mensajero llegó a Santiago con el expediente que el abogado de prestigio no había podido solucionar. El letrado aprendió la lección, luego se hizo líder político destacado.

Los empresarios —igual que el mensajero— pagan para que sus productos se coloquen en la góndola más vistosa del supermercado. Regalan canastas de cien mil de pesos a funcionarios públicos para que vean para otro lado cuando supervisen sus negocios…

La práctica descrita se enlaza con el victimismo de los llamados padres de familia y las afamadas madres solteras. Así que, hay que darme lo mío…

Pero el soborno tiene consecuencias penales.

Miguel Ángel Cid

cidbelie29@gmail.com

Twitter: @miguelcid1

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En los tiempos en que los perros se amarraban con longaniza nadie osaba pedir lo suyo a cambio de un favor a un allegado. El embutido encareció, pero sólo el precio varió. Por el contrario, hasta picar un ojo hoy tiene precio.

La gente se acostumbró a pedir. A vivir arrodillado. Por eso crecen como la hierba mala los que viven buscando funditas, de ahí treparon al dame lo mío. Lo que indica que, el dame lo mío adquiere otro nivel. Un nivel evolucionado de la práctica de mendigar.

Hace cerca de 18 años un general del ejército, reunido con el procurador general le confesó:

— Magistrado, yo no sé por qué los militares se corrompen porque la comisión legal del 10% es suficiente para uno hacerse millonario sin robar.

¿Cuáles factores desencadenan esta evolución? Aída Díaz, arquitecta, ilustradora, poeta y narradora dice que, el elemento principal podría ser, quizás, el cobro de las comisiones. Los jóvenes o adolescentes de ayer, los que hace años dijeron adiós al medio siglo, sentían orgullo al servir favores a los demás.

O sea, ayudar a un compañero era una oportunidad para demostrar la voluntad de servicio hacia los demás. Servir a una persona o un grupo de allegados: en el club, la asociación, la junta de vecinos, etc. Darles una mano a personas que bien podían ser familiares, amigos o simplemente conocidos era una acción honorable. Te hacía una persona útil.

Hoy los jóvenes actúan al revés, servir gratis es sinónimo de pendejo. Cada favor es una oportunidad para hacer negocio con perspectiva de rentabilidad.

Porque el dominicano —sugiere Aída— aprendió a distinguir su función en un intercambio, negociación o puesto donde se realizan tareas que contemplan el pago de honorarios. Por ejemplo, servir de testigo en la firma de un contrato de venta, ¿cuánto vale tu firma? Depende del monto total del contrato.

Establece lo anterior que, esa firma amerita una compensación. Por tanto, en cuanto se hace la propuesta viene de inmediato la pregunta, ¿cuánto es lo mío? Porque esa tarea no forma parte de mis funciones contractuales.

Es probable que, la recepción de funditas, cajas, muñecas, tarjetas o bonos… cambió de tono al dame lo mío con las comisiones por favores. Ya nadie necesita que le den una fundita, sino que le paguen una comisión, la que se ganó —según él— al prestar un servicio.

Por tanto, participar en caravanas, reuniones, vocinglerías a favor de… no hay tutía, a usted le toca lo suyo.

La corrupción en sentido general se basa en esa práctica en apariencia inofensiva. Práctica que muestra —al decir de sus usuarios— la habilidad para buscarse lo suyo.

Ejemplo: llegas tarde a la barbería, dos esperan su turno, pero quieres el primer puesto, entonces, pague por ello.

Pagar por el primer puesto no es comprar. ¿Qué hizo entonces? Él sobornó a los que estaban primero.

El soborno resuelve

Cuenta un abogado santiaguero que, viajó cinco veces a Montecristi para resolver un caso en el tribunal de tierras. Cansado de viajar sin ver solución envió a Fernando Martínez, mensajero, para tantear en qué situación estaba el caso.

El abogado le entregó mil pesos —cuando los cuartos valían— para que resolviera. El mensajero llegó a la oficina del tribunal, preguntó por el caso, la secretaria buscó en un montón de folder apilado a un lado del escritorio. Pero no encontró nada.

Martínez cogió la seña, pidió permiso y salió un momento, se fue a una cafetería, ahí compró dos sándwiches y dos batidos, también pidió algo para él desayunar. Luego se dirigió de nuevo a la oficina, al llegar entregó a la secretaria los alimentos.

Le dijo: —mire señorita, eso es para que desayune y este para que le brinde a su compañera.

Antes, debajo de la servilleta, Fernando le puso tres papeletas de cien pesos y una de cincuenta. Superior al sueldo de un mes.

La secretaria tomó el dinero con discreción, sonriente preguntó a Martínez —cuál me dijo que era su caso— Fernando le aclaró con precisión. Ella volvió a los papeles apilados, revisó y abajo, en el último lugar estaba el expediente deseado.

Entonces se volvió y le dijo —señor Fernando, si usted quiere dese una vuelta por ahí y regrese dentro de media hora.

Al cabo de unas horas el mensajero llegó a Santiago con el expediente que el abogado de prestigio no había podido solucionar. El letrado aprendió la lección, luego se hizo líder político destacado.

Los empresarios —igual que el mensajero— pagan para que sus productos se coloquen en la góndola más vistosa del supermercado. Regalan canastas de cien mil de pesos a funcionarios públicos para que vean para otro lado cuando supervisen sus negocios…

La práctica descrita se enlaza con el victimismo de los llamados padres de familia y las afamadas madres solteras. Así que, hay que darme lo mío…

Pero el soborno tiene consecuencias penales.

Miguel Ángel Cid

cidbelie29@gmail.com

Twitter: @miguelcid1

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