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La nueva vida de Trump: peleas con actores, un juicio en el horizonte y dinero, mucho dinero

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El expresidente republicano vive en Florida insólitamente callado sin Twitter, pero con sus características ganas de guerra

Donald Trump juega al golf en un campo en Doral, Florida, en una imagen de archivo.
Donald Trump juega al golf en un campo en Doral, Florida, en una imagen de archivo.DAVID WALTERS / GETTY

AMANDA MARS Washington – 

Durante años, Donald Trump encarnó la imagen de joven tiburón del Manhattan de los años ochenta y noventa, el ambicioso constructor que quería llenar la ciudad de rascacielos con su nombre, un ligón de Studio 54 y otros clubes de la época, un pedazo de La hoguera de las vanidades en carne y hueso. El vecino más famoso de la Quinta Avenida hasta que el 20 de enero de 2017 se mudó a la Casa Blanca. Hoy, a sus 74 años, se ha convertido en uno de esos jubilados acaudalados de Florida, a donde trasladó su domicilio fiscal para ahorrar impuestos y donde tiene la mansión de Mar-a-Lago, su refugio favorito durante su agitada presidencia. Desde allí aguarda el juicio político que este martes comienza en el Senado por el asalto al Capitolio por parte de una turba de sus seguidores a los que azuzó con sus acusaciones infundadas de fraude electoral.

El nuevo Trump no tuitea, expulsado como está de las redes sociales, sino que juega a golf, prepara su defensa para el impeachment, ha creado una oficina postpresidencial y acumula dinero, mucho dinero, en donaciones políticas. Se ha alejado de Washington, pero no del mundanal ruido, que forma parte de su ADN.

Trump sigue listo para bajar al barro y embestir ante cualquier afrenta, lejos de esa especie de olimpo magnánimo en el que se instalan los mandatarios tras la Casa Blanca. Para muestra, valga el resquemor de la carta con la que el pasado jueves se dio de baja del mayor sindicato de actores de Estados Unidos, la organización SAG-AFTRA, que lo había expedientado tras el asalto al Capitolio.

“Mientras que no conozco su trabajo”, comienza el republicano su misiva dirigida a la presidenta, Gabrielle Carteris, que interpretaba a Andrea en la serie Beverly Hills 9210 (en España, Sensación de vivir), “yo me siento muy orgulloso de mi trabajo en películas como Home Alone 2 (Solo en Casa 2), Zoolander y Wall Street, el dinero nunca duerme; así como en shows televisivos como El Príncipe de Bel-AirSaturday Night Life y, por supuesto, uno de los programas de más éxito de la historia, El Aprendiz, por nombrar unos cuantos…”

En la carta, Trump también se atribuye la creación de miles de puestos de trabajo en las cadenas de televisión por cable y “medios mentirosos” como la CNN, dice, en referencia a las potentes audiencias que solía generar, y ataca a Carteris por la gestión de la organización, le culpa del paro en el sector, y le acusa de “fallos disciplinarios”. “Ustedes no han hecho nada por mí”, concluye.

Trump, en la alfombra roja de El Aprendiz en 2015 en Nueva York.
Trump, en la alfombra roja de El Aprendiz en 2015 en Nueva York. ROB KIM / GETTY

La misiva fue enviada desde de la nueva oficina que ha abierto con la labor de “avanzar por los intereses de Estados Unidos y seguir adelante con la agenda” de su Administración. El exjefe de campaña de Trump, Brad Parscale, ha creado un nuevo sistema de distribución de correo a través de una de sus compañías para los comunicados del expresidente porque la infraestructura de su campaña de 2020 ha sido suspendida por el proveedor que estaba utilizando, Campaign Monitor, según publicó Bloomberg citando fuentes conocedoras de la decisión.

Los presidentes de Estados Unidos, una vez dejan la Casa Blanca, se dedican a sacar lustre a su figura -crean una fundación, a menudo en torno a una Biblioteca Presidencial- y se emplean a fondo en el viejo arte de ganar dinero a espuertas, algo que en el cargo les estaba vetado. Las conferencias de Barack Obama cotizan al mismo precio que su labia, a precio de puro oro, y el contrato de sus memorias y las de su esposa, Michelle Obama, logró cifras de vértigo (65 millones). Del negocio de orador también dieron buena cuenta otros exmandatarios como Bill Clinton y Ronald Reagan.

Está por ver si Trump, que llegó rico a Washington, se pone de nuevo al frente de su conglomerado inmobiliario y hotelero, cuya gestión -pero no propiedad- dejó en manos de sus hijos para evitar los conflictos de intereses. Lo que sí se le ha dado bien es la recaudación de fondos en el crepúsculo de su presidencia. Entre noviembre y diciembre, agitando las acusaciones infundadas de fraude electoral, ha logrado donaciones por valor de 250 millones de dólares, de los cuales solo 10 millones, según los datos de la Comisión Electoral Federal, han servido para sufragar el coste de los litigios.

Buena parte de los fondos ha ido a parar al nuevo comité de acción política (entidades que sirven para apoyar a candidatos y no están sometidas a límites de cuantías) llamado “Salvar América”, que el republicano creó tras las elecciones, el 18 de noviembre, y que tiene como objetivo sufragar sus actividades políticas después de dejar la Casa Blanca. Según las cifras publicadas por The New York Times el pasado lunes, este comité tenía 31 millones de dólares en la cuenta a finales de año y alrededor de 40 millones más a la espera de ser transferidos desde otra cuenta compartida con el partido.

¿Qué va hacer con todo ese dinero? Hace unas semanas, los rumores de que planeaba crear un tercer partido -que robaría votos republicanos- corrieron por medios y redes sociales, pero asesores del expresidente lo desmintieron poco después. De momento, el Comité ‘Salvar a América’ ya ha dado a conocer su respaldo a candidatos fieles al trumpismo, como la exportavoz de la Casa Blanca, Sara Huckabee Sanders, que se ha postulado a gobernadora de Arkansas. Trump, por su parte se ha esforzado en transmitir el mensaje de que se ve un candidato plausible en las elecciones presidenciales de 2024, algo que no gusta en su partido, que quiere pasar página y empezar a trabajar en el futuro, ya sea con un candidatos su imagen o semejanza o con un conservador tradicional.

Los demócratas buscan, con el impeachment, inhabilitarle como candidato para el futuro. Se enfrenta al cargo de “incitación a la insurrección”. Un voto de culpabilidad en el Senado no implicaría un veto automático para cargos electos, pero sí conllevaría una votación paralela para asegurar este extremo. El veredicto condenatorio requiere el apoyo de 67 de los 100 senadores de la Cámara, lo que significa que 17 republicanos deberían romper con el sentir mayoritario de su partido y votar con los demócratas. Se prevén algunas deserciones, como la decena que se produjo en la Cámara de Representantes (primera fase de este proceso), pero los números no salen para esa condena.

Algunos conservadores argumentan que juzgar a un mandatario ya fuera de la Casa Blanca resulta inconstitucional, aunque haya cometido la supuesta falta durante el mandato y los cargos se hayan aprobado con este aún en la Casa Blanca. Otros, simplemente creen que Trump no tiene responsabilidad. Sus abogados usan ambos argumentos.

Se trata de David Schoen, un abogado de Georgia que también defendió al exasesor Roger Stone (que obtuvo el perdón presidencial de Trump) y Bruce Castor, quien como fiscal de distrito de Pensilvania se opuso a procesar a Bill Cosby en 2005. El republicano los nombró el 31 de enero, después de romper con los cinco juristas que estaban preparando su defensa por desavenencias de estrategia. Fuentes cercanas al proceso explicaron que Trump quería insistir en el bulo del fraude electoral, según publicó la prensa local, pero el entorno del mandatario lo desmintió y su primer escrito de defensa elude lanzar acusaciones. Lo que sí es un hecho es que, a apenas una semanas del histórico juicio, cambió de abogados. Puro Trump. El magnate seguirá en silencio, como han aconsejado sus abogados, pese a que los demócratas pedían que testificara. Al republicano le pierde la lengua. Y, además, tiene otros pleitos en el horizonte.


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Donald Trump juega al golf en un campo en Doral, Florida, en una imagen de archivo.
Donald Trump juega al golf en un campo en Doral, Florida, en una imagen de archivo.DAVID WALTERS / GETTY

AMANDA MARS Washington – 

Durante años, Donald Trump encarnó la imagen de joven tiburón del Manhattan de los años ochenta y noventa, el ambicioso constructor que quería llenar la ciudad de rascacielos con su nombre, un ligón de Studio 54 y otros clubes de la época, un pedazo de La hoguera de las vanidades en carne y hueso. El vecino más famoso de la Quinta Avenida hasta que el 20 de enero de 2017 se mudó a la Casa Blanca. Hoy, a sus 74 años, se ha convertido en uno de esos jubilados acaudalados de Florida, a donde trasladó su domicilio fiscal para ahorrar impuestos y donde tiene la mansión de Mar-a-Lago, su refugio favorito durante su agitada presidencia. Desde allí aguarda el juicio político que este martes comienza en el Senado por el asalto al Capitolio por parte de una turba de sus seguidores a los que azuzó con sus acusaciones infundadas de fraude electoral.

El nuevo Trump no tuitea, expulsado como está de las redes sociales, sino que juega a golf, prepara su defensa para el impeachment, ha creado una oficina postpresidencial y acumula dinero, mucho dinero, en donaciones políticas. Se ha alejado de Washington, pero no del mundanal ruido, que forma parte de su ADN.

Trump sigue listo para bajar al barro y embestir ante cualquier afrenta, lejos de esa especie de olimpo magnánimo en el que se instalan los mandatarios tras la Casa Blanca. Para muestra, valga el resquemor de la carta con la que el pasado jueves se dio de baja del mayor sindicato de actores de Estados Unidos, la organización SAG-AFTRA, que lo había expedientado tras el asalto al Capitolio.

“Mientras que no conozco su trabajo”, comienza el republicano su misiva dirigida a la presidenta, Gabrielle Carteris, que interpretaba a Andrea en la serie Beverly Hills 9210 (en España, Sensación de vivir), “yo me siento muy orgulloso de mi trabajo en películas como Home Alone 2 (Solo en Casa 2), Zoolander y Wall Street, el dinero nunca duerme; así como en shows televisivos como El Príncipe de Bel-AirSaturday Night Life y, por supuesto, uno de los programas de más éxito de la historia, El Aprendiz, por nombrar unos cuantos…”

En la carta, Trump también se atribuye la creación de miles de puestos de trabajo en las cadenas de televisión por cable y “medios mentirosos” como la CNN, dice, en referencia a las potentes audiencias que solía generar, y ataca a Carteris por la gestión de la organización, le culpa del paro en el sector, y le acusa de “fallos disciplinarios”. “Ustedes no han hecho nada por mí”, concluye.

Trump, en la alfombra roja de El Aprendiz en 2015 en Nueva York.
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Los presidentes de Estados Unidos, una vez dejan la Casa Blanca, se dedican a sacar lustre a su figura -crean una fundación, a menudo en torno a una Biblioteca Presidencial- y se emplean a fondo en el viejo arte de ganar dinero a espuertas, algo que en el cargo les estaba vetado. Las conferencias de Barack Obama cotizan al mismo precio que su labia, a precio de puro oro, y el contrato de sus memorias y las de su esposa, Michelle Obama, logró cifras de vértigo (65 millones). Del negocio de orador también dieron buena cuenta otros exmandatarios como Bill Clinton y Ronald Reagan.

Está por ver si Trump, que llegó rico a Washington, se pone de nuevo al frente de su conglomerado inmobiliario y hotelero, cuya gestión -pero no propiedad- dejó en manos de sus hijos para evitar los conflictos de intereses. Lo que sí se le ha dado bien es la recaudación de fondos en el crepúsculo de su presidencia. Entre noviembre y diciembre, agitando las acusaciones infundadas de fraude electoral, ha logrado donaciones por valor de 250 millones de dólares, de los cuales solo 10 millones, según los datos de la Comisión Electoral Federal, han servido para sufragar el coste de los litigios.

Buena parte de los fondos ha ido a parar al nuevo comité de acción política (entidades que sirven para apoyar a candidatos y no están sometidas a límites de cuantías) llamado “Salvar América”, que el republicano creó tras las elecciones, el 18 de noviembre, y que tiene como objetivo sufragar sus actividades políticas después de dejar la Casa Blanca. Según las cifras publicadas por The New York Times el pasado lunes, este comité tenía 31 millones de dólares en la cuenta a finales de año y alrededor de 40 millones más a la espera de ser transferidos desde otra cuenta compartida con el partido.

¿Qué va hacer con todo ese dinero? Hace unas semanas, los rumores de que planeaba crear un tercer partido -que robaría votos republicanos- corrieron por medios y redes sociales, pero asesores del expresidente lo desmintieron poco después. De momento, el Comité ‘Salvar a América’ ya ha dado a conocer su respaldo a candidatos fieles al trumpismo, como la exportavoz de la Casa Blanca, Sara Huckabee Sanders, que se ha postulado a gobernadora de Arkansas. Trump, por su parte se ha esforzado en transmitir el mensaje de que se ve un candidato plausible en las elecciones presidenciales de 2024, algo que no gusta en su partido, que quiere pasar página y empezar a trabajar en el futuro, ya sea con un candidatos su imagen o semejanza o con un conservador tradicional.

Los demócratas buscan, con el impeachment, inhabilitarle como candidato para el futuro. Se enfrenta al cargo de “incitación a la insurrección”. Un voto de culpabilidad en el Senado no implicaría un veto automático para cargos electos, pero sí conllevaría una votación paralela para asegurar este extremo. El veredicto condenatorio requiere el apoyo de 67 de los 100 senadores de la Cámara, lo que significa que 17 republicanos deberían romper con el sentir mayoritario de su partido y votar con los demócratas. Se prevén algunas deserciones, como la decena que se produjo en la Cámara de Representantes (primera fase de este proceso), pero los números no salen para esa condena.

Algunos conservadores argumentan que juzgar a un mandatario ya fuera de la Casa Blanca resulta inconstitucional, aunque haya cometido la supuesta falta durante el mandato y los cargos se hayan aprobado con este aún en la Casa Blanca. Otros, simplemente creen que Trump no tiene responsabilidad. Sus abogados usan ambos argumentos.

Se trata de David Schoen, un abogado de Georgia que también defendió al exasesor Roger Stone (que obtuvo el perdón presidencial de Trump) y Bruce Castor, quien como fiscal de distrito de Pensilvania se opuso a procesar a Bill Cosby en 2005. El republicano los nombró el 31 de enero, después de romper con los cinco juristas que estaban preparando su defensa por desavenencias de estrategia. Fuentes cercanas al proceso explicaron que Trump quería insistir en el bulo del fraude electoral, según publicó la prensa local, pero el entorno del mandatario lo desmintió y su primer escrito de defensa elude lanzar acusaciones. Lo que sí es un hecho es que, a apenas una semanas del histórico juicio, cambió de abogados. Puro Trump. El magnate seguirá en silencio, como han aconsejado sus abogados, pese a que los demócratas pedían que testificara. Al republicano le pierde la lengua. Y, además, tiene otros pleitos en el horizonte.

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